Había una vez una princesa llamada Lucinda. Ella era de estatura media, ojos azules, pelo rubio y de muy buen carácter. Era la princesa de Londres, y como ya se podía casar, el rey dijo que todo aquel que quisiera pedir su mano, debía de ir hacia allá. Llegó el hombre más apuesto de toda Inglaterra, el príncipe de Manchester Héctor. Él era alto, pelo castaño, ojos verdes y era muy fuerte. Lo que nadie sabía era que la princesa también era muy fuerte y una experta en armas. Llegó el día en el que Lucinda debía de elegir esposo. Ya lo iba a elegir cuando apareció un hombre enmascarado y la secuestró. Nadie sabía quién se la había llevado y estaban muy nerviosos en el reino. El rey pidió ayuda a los pretendientes, y nadie le ayudó excepto Héctor, que era el más valiente. Antes de partir en busca de la princesa, cogió a su caballo y se despidió del rey jurándole que la traería sana y salva. Llegó al bosque y vio unas pisadas recientes de dos personas. Las siguió y al fondo del tenebroso bosque se alzaba una torre siniestra, muy alta y con una ventana en lo alto. La princesa había conseguido matar a su secuestrador estrangulándolo y luego le quitó la espada. Pero todavía se le presentaba un problema, no podía abrir la puerta y la comida empezaba a escasear. Al cabo de dos días, Héctor consiguió entrar en la torre. Su grata sorpresa fue que vio a la princesa con una espada. Lucinda empezó a interrogar a Héctor, pero él se puso muy chulo y le ordenó que él la tenía que salvar. Lucinda cogió la espada y de un golpe seco mató a Héctor. Salió de la torre, cogió el caballo y se fue hacia Londres con su padre, el rey. Ya en Londres, eligió a un marido que no le daría órdenes y que la tratase bien, y vivió feliz toda su vida.
FIN
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